Así fue la I Edición del Club de Lectura Viva

MINIATURA CLV

Cinco meses han bastado para convertir esta iniciativa en algo conocido por muchos de los escritores de este país. Badajoz y su Club de Lectura Viva, aunque tienen aún mucho camino por recorrer, ya son conocidos y considerados como un destino interesante para autores y editoriales. Como podrán comprobar en el libro, nuestro mayor activo son nuestros lectores y nuestras librerías.

Los escritores se marchan de Badajoz contentos: en primer lugar, de haber sido leídos —y bien leídos, como dice Eloy Tizón—; en segundo, de haber podido presentar su obra ante un auditorio concurrido gracias al compromiso de nuestros lectores, a nuestra exigente labor de selección de textos, a los acogedores espacios que nos ceden nuestros libreros y, cómo no, al apoyo inestimable de la Concejalía de Cultura y del Ayuntamiento de Badajoz.

A ellos, los protagonistas, les damos voz en este minireportaje que resume un año de trabajo y satisfacciones, y que esperamos que sea el primero de muchos.

Microrrelatos radiados: los hijos y los libros

Por si aún no sabéis cómo funciona nuestro taller literario radiofónico, prestad atención:

Cada semana elegiremos un motivo a partir del cual los participantes deberán escribir un microrrelato. Un buen motivo literario debe ser lo suficientemente específico para arrastrar a la imaginación y alentarla, espolearla, y a la vez lo suficientemente abierto como para ser enfocado desde un punto vista original por cada escritor.

Esta semana, vamos a tomar como motivo de escritura:

Los libros

Foto: Chema Madoz

Escucha aquí el podcast del programa

Y aquí os dejamos los ejemplos de esta semana:

El efecto Quijote, de Miguel A. Román

Parecía buena idea: un chip intracerebral, un puerto USB y cualquiera podía enchufarse un libro electrónico e inyectarse en segundos el manual de la lavadora, el periódico, la Biblia o la Iliada. Pero hubo un fallo: saturaron el filtro de la fantasía, el mecanismo por el cual nuestra mente diferencia lo real de lo ficticio. Ahora las calles están llenas de Julietas suicidas, D’artagnanes retadores, Ulises cegando Polifemos; y hétenos aquí, tú y yo, mi buen Sancho, solos para detener tanta barbarie.

Roja voluntad, de Miguel Ángel Carmona

El Teniente señaló a los más viejos y a los que asociaba con los mensajes más peligrosos, y los mandó amontonar en una esquina. Se paseó entre el resto y escogió a diez o doce que podrían contar en el futuro una historia acorde al mensaje del Régimen. Los apartó a puntapiés. En realidad, se sentía incómodo salvándoles de la quema. El resto fueron trasladados a la pila, lomos contra lomos, mudos e inermes. Daban miedo, tan en silencio. Se frotó las manos. Esta era la mejor parte. Lástima que aquel maestrucho de pueblo se la hubiera amargado con su última voluntad de rojo: “quemad mi cuerpo —había dicho entre gargajos de sangre y versos— junto a mis libros”. Cualquier cosa —había pensado el Teniente— con tal de no ser enterrado como Dios manda.

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Microrrelatos radiados: la soledad y los hijos

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Cada semana elegiremos un motivo a partir del cual los participantes deberán escribir un microrrelato. Un buen motivo literario debe ser lo suficientemente específico para arrastrar a la imaginación y alentarla, espolearla, y a la vez lo suficientemente abierto como para ser enfocado desde un punto vista original por cada escritor.

Esta semana, vamos a tomar como motivo de escritura:

Los hijos

Foto: Chema Madoz

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Y aquí os dejamos los ejemplos de esta semana:

El espectador, de Ana Sarrías Oteiza
El puñetero ojo de la cerradura sigue rozando. Pero mi llave abre de todos modos, como siempre. Me descalzo y voy cruzando de puntillas el pasillo hasta la habitación de los niños.
Están preciosos. Parece mentira todo lo que han crecido en un año. Les doy un beso en la frente y les arropo. Después entro en la habitación de los padres. Me acerco hasta su cama y les observo conteniendo la respiración. Me pregunto por qué no pudimos ser nosotros.
Cómo se torció todo. Y cómo es que nunca cambiaron el bombín.
El hombre de la casa, de Miguel Ángel Carmona
Hoy todo el mundo hace como que no le ve. Es lo que siempre ha querido, pero hoy le molesta. Quería demostrar que ha crecido en los últimos días. Chocan con él piernas como postes de teléfono forrados de seda negra, brazos como varillas de paraguas que se sueltan en la tormenta. Toma asiento cerca del cristal con una galleta entre las manos. Las miradas que de ordinario le buscan, hoy le esquivan con miedo igual que él evita la visión de su padre tras el cristal. El abuelo le despeina con su mano llena de venas y manchas solares. ¿Estás bien?, le pregunta. Claro, responde con su voz aflautada mirándole a los ojos con restos de galleta en la barbilla, ahora soy el hombre de la casa.

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Microrrelatos radiados: mundo digital y la soledad

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Cada semana elegiremos un motivo a partir del cual los participantes deberán escribir un microrrelato. Un buen motivo literario debe ser lo suficientemente específico para arrastrar a la imaginación y alentarla, espolearla, y a la vez lo suficientemente abierto como para ser enfocado desde un punto vista original por cada escritor.

Esta semana, vamos a tomar como motivo de escritura:

La soledad

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La soledad es un fenómeno muy vinculado al motivo de escritura que propusimos la semana pasada. El mundo digital se ha convertido ya en un nuevo plano de interacción que ayuda a algunos a superar su soledad, pero que quizá cree ciudadanos con más tendencia a ella, que los aísle.

La soledad es eso que ocurre cuando se encienden las luces de la fiesta y todos se van a casa menos tú. O cuando te quedas si WIFI y no sabes a quién llamar en este mundo. Es también un país donde algunos se acostumbran a vivir y de donde es difícil salir porque la compañía de tus semejantes empieza a dar miedo. Por ahí van los tiros de nuestros ejemplos de hoy.

Y ahora vienen a por mí, de José Manuel Dorrego
Solo ceniza. Eso es cuanto dejó el rayo que cayó sobre la única palmera de mi isla. Para colmo, ayer rompí por accidente la última de las botellas en las que enviaba mensajes. Sin palmera y sin botellas, he perdido la esencia del náufrago, ese perfil heroico que daba sentido a mi existencia. Ahora tan solo soy un hombre sobre una isla, como un turista en pantalón bermudas. Ya no hay nada épico en mi existencia. No queda nada homérico en mi imagen. Y encima, se acerca un barco hacia la isla: mucho me temo que vienen a rescatarme.
Beverly Hills, de Miguel Ángel Carmona
Caben diez peces, pero Pompo nada solo entre el pecio y cofre del tesoro. El acuario fue uno de los regalos más celebrados. Venía con el aforo completo, pero fueron muriendo de uno en uno. Día sí día también, aparecía alguno panza arriba. Primero el Khuli, después el Guppy, más tarde el Laberíntido. Pompo, en cualquier caso, parece resistir bien la turbiedad del agua y la triste estampa de sus compañeros flotando en la superficie. Sin embargo, de vez en cuando mira hacia afuera, al hombre que lleva casi una semana tumbado en el suelo de esta enorme casa. Con la cantidad de gente que vino el día de la fiesta le parece extraño que, desde entonces, ni siquiera haya sonado el teléfono.

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Microrrelatos radiados: escondites y mundo digital

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Esta semana, vamos a tomar como motivo de escritura:

Mundo digital

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Cerramos así esa gira por los lugares más oscuros y profundos de la literatura (secretos inconfesables, escondites, creencias) y nos abrimos a un motivo plagado de luces. Qué duda cabe, que toda luz proyecta sus sombras, como en estos dos ejemplos que os proponemos para hoy.

Pequeñas mentiras, de Antonio Cano Rodríguez

Deja unos puntos suspensivos al final del correo electrónico que está escribiendo a su hija. Ha venido esta mañana de la consulta del Médico de Cabecera después de recoger los resultados de sus análisis. Sabe cuánto le costó a ella dar el paso de marcharse al extranjero para encontrar por fin un trabajo adecuado para su formación universitaria y el esfuerzo que le está suponiendo abrirse camino al otro lado del mundo. Retrocede el cursor parpadeante sobre los puntos y le miente por primera vez en su vida. Todo ha salido bien, escribe, se verán a final de Diciembre.

 

Josefina, de Miguel Ángel Carmona

Encontré a mamá nerviosa, sentada en la cama. Se le notaba en el temblor de la mano que sujetaba la lata de cerveza y en la manera de apretar las mandíbulas. Miraba la pantalla del ordenador y en la cara le daba una luz de sala de autopsias. Es él, me djio sin levantar la mirada. ¿Quién mamá? Tu padre. Mira, siguió extasiada, lo encontré al hijo de perra. El despertador chilló en la oscuridad del amanecer. Mientras lo apagaba miré la pantalla. Era la entrada de Napoleón en la Wikipedia. Mamá se dejó quitar la cerveza de la mano y arropar, pero me pidió que le dejara allí el ordenador, para que papá le velara los sueños.

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Microrrelatos radiados: secretos inconfesables y creencias

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Esta semana, vamos a tomar como motivo de escritura:

Creencias / religiones

Foto: Chema Madoz

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Las creencias y las religiones están plagadas de símbolos que pueden ser reinterpretados. También de hábitos, rutinas y rituales que se prestan a una relectura. El sentimiento de pertenencia a una comunidad, la individualidad y el gregarismo, el imaginario, los distintos tipos de liderazgo, todo ello podrían ser cabos de los que tirar a la hora de afrontar el ejercicio de esta semana.

Además, hay un conflicto que nuestros soleros van a tener que enfocar de una manera original: ¿qué hay detrás de las creencias de sus personajes? ¿Una mentira, una verdad, o algo imposible de verificar con la razón?

Ciencia versus religión, de Juan Rafael

Deambulando entre artilugios y aparatos extraños, el inventor insaciable probaba lentes varias buscando lo desconocido. Era la madrugada su momento ideal: infinitas luminarias refulgían en el espacio, captadas por aquel tubo especial que auguraba el más incierto futuro. Se le ocurrió comprobar lo que antes otros insinuaron con leyes fisico-matemáticas demostrables. No es la Tierra el centro universal sino el Sol el que dirige la orquesta. ¡Menuda teoría! Ahora, este paso de gigante le llevaría viejo y achacoso a los tribunales, perseguido y condenado hasta el fin de sus días.

 

El Dios Facebook, de Miguel Ángel Carmona

Cerró Twitter y abrió Facebook. El perrito se subió a su regazo y ella lo apartó de un manotazo. Le dio a “me gusta” a una foto de un cachorro abandonado que buscaba dueño y se levantó a por más helado. Al pasar por el salón, subió la tele. Comiendo su tercer cuenco, leyó el titular que su hermana había compartido: “Musulmán mata a su mujer por servirle la cena fría”. “Salvajes”, comentó acompañándolo de caritas enfadadas. Le pareció poco, así que añadió: “Después dicen que viene a integrarse. ¿Qué pintan en un país cristiano como el nuestro? En dos minutos había conseguido quince me gustas. Al fin se sentía parte de una comunidad”.

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¡Te esperamos en el taller literario de El Sol!

Mala letra, de Sara Mesa

CARTEL SARA MESA

Ahora entiendo la verdadera importancia de la literatura como instrumento para iluminar algunas parcelas del funcionamiento del Universo sobre las que la ciencia, por mucho que se empeñe, sólo arroja sombras. Ha sido gracias a una frase que Sara Mesa (Madrid, 1976), le presta al narrador del primer cuento de Mala letra (Anagrama, 2016): “Actuaba sin prisa, como si el tiempo también estuviera obligado a amoldarse a su ritmo”. Miles de horas de esfuerzo de comunicadores científicos, periodistas y portavoces de prestigiosos institutos para intentar explicarnos en qué consisten las tan famosas ondas gravitacionales, y era tan sencillo como leer El cárabo (que así se titula el cuento). La materia deforma el tiempo y genera ondas que a su vez deforman el espacio: así pretendían hacérnoslo entender los científicos. El eje temporal, su fluir, sufre modificaciones a medida que vamos acercándonos al personaje: así se manifiesta en la literatura. Por eso, las cuatro dimensiones no sólo son perfectamente aprehensibles en literatura —varias subtramas, sincrónicas o diacrónicas, pueden avanzar a la vez en el libro y en nuestra mente—, sino que son la base de la geometría con la que trabaja el escritor. Las ondas gravitacionales son esas vibraciones que recorren las páginas de los buenos textos, como los que componen Mala letra, y que atraviesan al lector sin que éste tenga necesidad de preguntarse sobre su naturaleza.

Esta reseña no pretende destripar el argumento de los cuentos, uno por uno, como si ello pudiera ayudar al lector a hacerse una idea del todo, o como si los argumentos de los cuentos, en sí, importaran algo en realidad. En mi opinión, los argumentos no son más que excusas, más o menos brillantes, para hablar de lo que realmente queremos, a veces a nuestro pesar. Esos, que son los temas del escritor y que normalmente le acompañan a lo largo de toda su vida, son como el aeropuerto en el que el piloto no es capaz de aterrizar, a veces por el viento, otras por la mucha altura, otras porque la niebla no deja ver la pista. El piloto, no obstante, no deja de intentar aproximarse desde mil ángulos distintos, con distintas velocidades, y envejece a los mandos del avión hasta que un día, probablemente, se da cuenta de que jamás ha despegado, que siempre ha estado sentado frente al cuaderno en el que escribe el cuento del piloto que no es capaz de aterrizar.

El tema de la Sara Mesa que yo he leído es la culpa. No hay cuento que no trate de ella: la culpa de la profesora a la que aterra su sentimiento de superioridad sobre el alumno tetrapléjico; de los conductores implicados en un accidente; de la adolescente criada por quién usa la culpa para oprimirla, para hacerla sentirse sucia; la culpa de la niña que es víctima de un robo y un abuso y que es, en realidad, la culpa del humillado; la ausencia de culpa del monstruo. Ya lo fue en Cicatriz, con su constante reflexión sobre la ética del robo, del mantenimiento de una relación clandestina, de la índole de esa relación teniendo en cuenta que no era física; la culpa, siempre como trampa, como ladrón emboscado que solo asalta a quién teme ser asaltado mientras el resto de la humanidad pasea tranquila en aparente paz con su conciencia.

Pero esa humanidad en paz no le interesa a Sara Mesa, como a Flannery O’Connor no le interesaban los personajes que no tuvieran su propia concepción de bien y el mal y estuvieran dispuestos a actuar en consecuencia. A ellos nos recuerdan algunos de los de Mala letra: el viejo de Nada nuevo, al viejo Dudley de El geranio o, más bien, quizá, al viejo Tartwater, por lo de alcohólico y ermitaño. La hermana pequeña de Nosotros, los blancos, que ya en el título evoca otro de los temas de Flannery, tiene trazas de Nelson, el niño que acompaña al abuelo a la ciudad en Un negro artificial. Y es que los personajes de Mala letra se sienten extraños en la urbe, como los de Flannery, porque proceden de la periferia —como la propia autora ha dicho en alguna entrevista— y no casan con el arquetipo de provinciano que desea emigrar a la ciudad para convertirse en alguien y, de paso, ponérselo fácil al escritor con una historia de superación y crecimiento. No. Ellos quieren seguir viviendo en el pueblo, pero viajan a la ciudad porque no les queda otra. Pero tampoco son utilizados como extraterrestres que sirven para reflexionar sobre la vida en la ciudad desde una perspectiva no contaminada. Tampoco cae en ese tópico. La ciudad no es más que la jungla cuya atmósfera sirve para que los personajes se definan en relación a su entorno y no sólo en relación a la opinión que ellos tienen de sí mismos: una especie de viaje interior a su pesar.

En el plano formal, hay dos relatos que destacan: Nada nuevo, no sólo por el hecho de que alterne un narrador omnisciente, con el diálogo de dos personajes, uno de los cuales es el propio narrador omnisciente, sino porque el diálogo influye en el discurso del narrador generando una de esas ondas gravitacionales que permiten viajar en el tiempo. Y también Papá es de goma, en el que un narrador de focalización múltiple (vecina-niño pequeño) nos ofrece una visión ciertamente objetiva de una situación familiar terrible, manteniendo, en virtud de la equisciencia de ambos focos, la tensión hasta el último momento. Quizá demasiado, porque en ambos relatos las razones que llevan a sus protagonistas a actuar como lo hacen no dejan de ser un misterio en ningún momento, una decisión tomada probablemente para no cruzar la barrera de la omnisciencia pero que afecta a la capacidad del lector para empatizar con ellos. Son, no obstante, acciones dramáticas completas que no dejan la sensación de no acabado, sino más bien de vacío, oscuro y atrayente.

El resto: Mármol, El cárabo, Apenas unos milímetros, etc., y sobre todo Creamy milk and crunchy chocolate y Picabueyes, son cuentos perfectos protagonizados por personas normales pero extraordinarias a la vez que, al terminar el texto, continúan con su vida de la misma manera que hicieron antes de él. Y lamento no poder describirlos de una manera más sesuda, pero es que son eso: fracciones de realidad captadas por una mano que quizá siga teniendo Mala letra, pero que tiene un pulso de francotirador para trazar con carboncillo y difumino la conciencia de sus personajes.

Miguel Ángel Carmona

Director del CELARD

Microrrelatos radiados: la infidelidad y los secretos inconfesables

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Esta semana, vamos a tomar como motivo de escritura:

Secretos inconfesables

Foto: Chema Madoz

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Dijo el escritor Jim Thompson que hay 32 maneras de escribir una historia, pero solo una trama: nada es lo que parece. Toda buena trama es, en relidad, un secreto que se revela, unas veces poco a poco, otras súbitamente, unas por completo, otras, a medias, dejando en la mente del lector un puñado de interrogantes.

Un personaje con un secreto inconfesable es como un Fugu, ese pez venenoso que se cocina en algunos restaurantes japoneses, y que, de preparse de la manera incorrecta, puede ser mortal, pero que es considerado un manjar por los valientes que se atreven a probarlo.

Su secreto no debe oscurecer al resto del personaje, sino arrojar luz sobre su forma de entender el mundo. No debemos conocer el secreto a través del personaje, sino al personaje a través del secreto.

Sic transit gloria mundi, de Ricardo Álamo

El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre; el intenso olor a tabaco; la botella de ginebra medio vacía; el libro de Cernuda tirado en el suelo; la foto de su boda partida en dos; la luz difusa de una lámpara de mesa; la tele apagada, sin vida…

El niño siente un enorme desasosiego. Con casi aprensión o asco, se acerca más al cuerpo rígido de su padre. Primero le toca las medias rojas de seda. Luego, haciendo un ligero escorzo, mira por debajo de la minifalda que lleva puesta.

 

El puente de los suicidas, de Miguel Ángel Carmona

El rehabilitador se aplica a los muslos inertes e insensibles y, mientras tanto, le sonríe y le habla sobre su novia. Después lo viste y lo acicala. No es tarea suya, pero le cae bien el viejo, siempre con esa expresión de paz en su rostro. Siempre, menos cuando mueve la cama y lo acerca a la ventana para que pueda ver el río en este tramo tan bonito. ¿Te gusta el río, verdad?, le pregunta mientras le acaricia el pelo. Una vez solo, frente a la ventana, el viejo ni siquiera podrá mover el cuello para desviar la mirada del puente de los suicidas.

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Sara Mesa viene al Club de Lectura Viva para charlar sobre Mala letra

El 1 de abril recibiremos en el Club de Lectura Viva a Sara Mesa para que nos hable de su último libro, Mala letra. El encuentro tendrá lugar en la librería Universitas, a las 19:45 y está abierto …

Origen: Sara Mesa viene al Club de Lectura Viva para charlar sobre Mala letra

Microrrelatos radiados: el viaje y la infidelidad

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Esta semana, vamos a tomar como motivo de escritura:

la infidelidad / los celos

Chematramparing

Foto: Chema Madoz

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La infidelidad y su contrario, los celos, como paso previo —que en ocasiones se convierte en detonante— a esa infidelidad, son el material por excelencia de las historias que, sobre todo el cine, nos cuenta hoy. La literatura contemporánea acude a este tema en menor medida, seguramente por lo complicado que resulta escribir algo que no esté ya escrito.

Por eso el de esta semana es un reto para los más atrevidos, para quienes no se conforman con la primera idea que les viene a la cabeza, para quienes son capaces de construir personajes con los que, probablemente, nos cruzamos a diario, pero que son difíciles de penetrar y comprender a simple vista.

Para escribir a partir de este motivo hay que alejarse de los arquetipos y caminar decididamente hacia un personaje —al menos uno—, profundo, que cambie a lo largo de las 100 palabras del micro. Para ello, ni una sola de esas 100 tiene que estar escrita en balde.

Un hombre honrado, de Manuel Menéndez

Vivir a lo grande de los bienes gananciales nunca fue su objetivo, había sido una enamorada fiel hasta hoy, me confesó entre lágrimas mientras yacíamos exhaustos y desnudos. Tras meses de aburrida vigilancia, aquella tarde le había desvelado el encargo de su millonario marido, y tras la desconfianza e incredulidad, llegó la rabia que dio paso al sexo salvaje. Me vestí contemplando su joven y hermoso cuerpo. Después, le disparé a quemarropa y salí del hotel. El viejo me pagaba por saber si ella tenía un amante, cierto, pero también por matarla si lo descubría, y yo era de los pocos detectives honrados que quedaban en la ciudad.

 

Corazón caliente, de Miguel Ángel Carmona

Amar allí era como dar a luz en una tumba, pero le mantenía el corazón caliente. Al amanecer formaron largas hileras en el patio. A pesar del agotamiento, la fiebre y el frío, Isaac buscó la mirada de Klaus, hoy esquiva. Lo veía demasiado pegado al prisionero de atrás, le pareció que en algún momento juntaban sus manos. Reconoció al otro. Eran compañeros de litera. Las piernas se le aflojaron. No estaba dispuesto a tolerar ese juego un día más. Hablaría seriamente con Klaus por la noche, si es que aguantaban vivos hasta la noche, claro.

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