Sí se puede

A nuestros alumnos, los mejores.

 Ayer demostramos que sí se puede. No ya el hecho de aprender a escribir, pregunta que sirvió para generar un debate vivo, apasionado en todo momento, encendido en ocasiones, conciliador y generador de colectividad en otras. Ayer comprobamos que se puede soñar con formar una escuela de escritores en Badajoz y antes de un año, despertar en un aula llena de alumnos, autores, actores, músicos y lectores, todos ellos gente normal y a la vez tan especial como la forma que eligieron para crecer y divertirse.

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Ayer nos reunimos en el MEIAC, en torno a la novela del escritor Florián Recio, “Teoría del Fracaso”, para disfrutarle a él, a su musa Imelda, y a sus trescientos espartanos (cada uno de ellos valió por cien): el actor Carlos Tristancho, que trajo un fajo de cordura y lucidez para repartir entre los asistentes; el músico Nando Juglar, que esparció emoción por la sala, como quien siembra el grano a golpe de brazo; y el difícilmente clasificable Antonio Vega, que dijo del autor las cosas que sólo en boca de un amigo brillan.

Allí estuvieron muchos de los alumnos que ha pasado por los talleres del CELARD (más de cincuenta en el último año): llegaron para el encuentro que Florián mantuvo con ellos en relativa exclusividad, los minutos anteriores al acto, respondiendo a sus preguntas sobre su forma de abordar el proceso creativo y la manera de fundamentar sus personajes, y permanecieron allí hasta que, dos horas más tarde, la última palabra de un debate que se podía haber prolongado toda la noche fue dicha. Desde el estrado los veíamos atentos a ese cruce de argumentos que los atañía directamente, los suyos en la punta la lengua, “haciendo la esponja”, como decía el maestro Sampedro. Nuestro agradecimiento a ellos no es tanto por haber estado allí, como por habernos hecho sentir así: útiles.

Hace unos días escribía una antigua alumna en este blog: “Creo que se puede aprender todo en la vida, por eso acudo a talleres de escritura desde hace varios años. Es una idea errónea y comúnmente aceptada que los escritores deberían serlo sin más, como una especie de gracia, de don, por el mero hecho de haber aprendido a juntar letras en el colegio. Nadie le pide a otra persona que sea un pintor excelso con lo que aprendió en el colegio.”

Gran parte del debate se centró ayer en la imposibilidad de transmitir o enseñar el talento. Fue la postura decidida de algunos de los asistentes, que legítima y educadamente cuestionaron la utilidad de los talleres, como si aquél fuera el objetivo de éstos. Reconocían, eso sí, que se podían aprender las técnicas y los trucos, pero que eso, sin ese toque divino, sin ese don, sólo servía para crear textos vacíos, como pieles mudadas de serpiente.

Esa visión mística de la creación; ese considerar a los escritores como seres superiores, tocados por la musa, es tan difícil de sostener en estos tiempos y, sobre todo, tan alejado de las verdaderas necesidades del ser humano que escribe, que resultan ideales para poder exponer con la misma legitimidad y educación nuestra postura sobre el asunto.

Todos los humanos tenemos una visión particular y única de la realidad. Todos, por ende, tenemos una historia que contar distinta a la de nuestro semejante. Cualquier proceso de aprendizaje artístico tiene que estar enfocado al autoconocimiento, a ahondar en nuestras raíces para descubrir en nosotros mismos el origen de nuestras motivaciones, a entrenarnos en responder a nuestras propias preguntas: todo ello influirá en nuestra capacidad para ser felices que es, en última instancia, el objeto de toda actividad intelectual y emocional. Las técnicas narrativas se abordan de una manera tangencial y, aunque ocupen una parte importante del currículo propuesto en nuestro talleres, sólo cobran valor cuando el tallerista es capaz de utilizarlas, como prendas en una maleta, en ese viaje que emprende hacia su interior. Ahí reside SU talento. Indiscutible. Aquellos que lo encontraron antes que otros, porque ciertas circunstancias, maravillosas o terribles, los empujaron a ello; aquellos que fueron llevados de la mano hasta la puerta de su talento por otros que sabían cómo hacerlo; aquellos que sencillamente se lo encontraron de frente, porque era éste tan grande que no podía ocultarse, no pueden arrogarse el poder de declarar su exclusividad. El talento brilla en los ojos de cada ser vivo que tenga conciencia y sensibilidad. Lo sabe el que mira a los ojos. El taller es un espacio donde mirarse, donde ayudar a mirar, es un tren o un avión que cada semana parte con los mismos viajeros a un lugar recóndito del alma, para explorarlo, para iluminarlo y encontrar allí la fuente de la propia creación, acaso sólo un cabo del que tirar en cuyo extremo opuesto puede haber un tesoro o un detrito de nuestra vida.

Aprender a escribir es, en realidad, aprender a aprender a escribirse: no es una meta, es un itinerario; un viaje a Ítaca que debes desear sea largo; una verdad que, como la socrática, no es sino su misma búsqueda.

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Un pensamiento en “Sí se puede

  1. […] del fracaso, y nos acompañó en el debate que se generó en torno a la pregunta eterna de si se puede aprender a escribir y cuál es el papel de los talleres literarios. A lo largo de esas semanas (y de ésta), casi […]

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