Ganador y finalistas del I Certamen de Microrrelatos del Día del Libro

El pasado viernes, durante la emisión del taller radiofónico del CELARD, comentamos tres de los cinco relatos elegidos como finalistas del I Certamen de Microrrelatos del Día del Libro, que promovió la Librería Tusitala de Badajoz en colaboración con el CELARD y la Editora Regional de Extremadura. Se recibieron en total 43 microrrelatos, y el fallo tuvo lugar el pasado 23 de abril en la Librería Tusitala, contando con la presencia de la Concejala de Cultura de Badajoz, Paloma Morcillo.

Aquí os dejamos, tanto los textos, como los comentarios, y también el enlace al audio del programa.

 

libros-hoguera

¡Pulsa aquí para descargar el audio completo del programa!

LA HOGUERA, de María José Calero. Ganadora.

Era un placer quemar todos esos libros de rojos y ateos. Las llamaradas crecían en altura a medida que la hoguera era alimentada con palabras que me quemaban en la boca con sólo pensarlas. Veía con emoción cómo se desintegraban, cómo ese papel se volatilizaba en pocos segundos y desaparecía.

Pero lo mejor era ver la cara de aquel poetucho maricón mientras sus obras se hundían irremediablemente en el fuego. Las lágrimas se secaban rápido en sus mejillas por el calor. Le obligué a tirar algunos de sus libros más queridos. Eso sí era placer.

Los últimos papeles se consumían en los rescoldos de la hoguera cuando me marché a casa. Al llegar, mi mujer me saludó con un beso en la mejilla y su habitual “¿Qué tal el día? La cena ya está lista”. No había visto a mi hija en todo el día, así que fui a su habitación. La encontré leyendo un libro con mucho interés sentada en su cama mirando hacia la puerta. Levantó los ojos por encima del libro y se asustó al verme. Cerró el libro rápidamente e intentó esconderlo, pero se lo arranqué de las manos. “Bodas de Sangre. Federico García Lorca”.

La miré con los ojos encendidos, le di una bofetada y recogí todos los libros de casa. Volví a la hoguera y los quemé todos, sin embargo ya no me producía el mismo placer de antes y comencé a pensar que no iba a bastar con quemarlos.

La autora juega muy bien con los sentimientos del lector: le toca la fibra sensible, planteando un personaje cruel, un antagonista del amante de los libros y la literatura. Después castiga a su personaje con la mayor afrenta que éste puede sufrir. Su propia hija traicionándole.

El final es fantástico, ya que revela el inicio de un cambio decisivo en la vida del personaje. Ese “comencé a pensar que no iba a bastar con quemarlos”, lejos de expresar su redención lo muestran como alguien que puede contener mucha más maldad de la que hasta ahora se había gastado. Lo que la autora convierte aquí en objeto de este cuento es el justo momento en el que el protagonista dejar de quemar libros y empieza a soñar con una nueva forma de represión, más destructiva y perversa.

 

LURIGANCHO, de Franklin Suárez Gómez. Primer finalista.

Hace muchos años que no hago el amor por estar metido aquí, en este hueco maloliente donde corren la pendejada, el cuchillo y el trago. No es un sitio tan desagradable. Solo no te duermas: camarón que lo hace se lo culean seguro. Mi viejo no paraba de fregarme con su Junior, la gente con tal de vivir no conoce ascos, y fíjate que el huevón tenía razón: con el tiempo hasta la mugre sabe a cebiche. Acabas de llegar y se te nota a leguas que te cagas del susto. Aunque parezca mentira, también yo viví lo tuyo. ¿Que cómo caí aquí? Por honor. Entonces trabajaba en Caquetá pelando pollos, era más joven que tú y ganaba una bicoca. Siempre tenía hambre. Una noche, mientras cruzaba el puente, yendo para mi casa, unas tenazas se cerraron repentinamente sobre mi cuello, tumbándome. Alrededor varias sombras se movían rápido, sentía sus manos en mis bolsillos y cómo me arrancaban las zapatillas. Afortunadamente reaccioné al toque. Le estampé una patada a uno, del otro me zafé aplastándole los huevos y el último se humilló: tranquilo, cholito, me dijo, no te hagas mala sangre. Así conocí a Pajarito, un tipo legal, recontravivo y graciosón que me enseñó el oficio. Pronto me sobraba la plata y allí nomás me enamoré de Meche, nos encamamos y como su tío dijo que yo era una lacra infeliz, me lo despaché. Luego me apresaron. En fin, hace siglos que no culeo como buen cristiano pero tú servirás.

El uso del lenguaje. El mundo interior del personaje que se comunica a través de la forma, no sólo de determinados vocablos, sino de expresiones que en sí representan un mensaje. No es lo mismo decir: con el tiempo a todo se acostumbra uno, que con el tiempo hasta la mugre sabe a cebiche. Hay toda una filosofía de vida en esa expresión, pero también hay un origen del personaje, una extracción social, un nivel de expectativas en la vida, etc.

Un personaje redondo. El personaje muestra su contradicción, y lo hace porque está en constante evolución. Para ello se sirve de la historia de su pasado: la de un trabajador honrado que entra en el mundo del crimen defendiéndose de un atraco y a través de uno de los atracadores, cuyo respeto se gana; y que termina en prisión por asesinato. Pero también de la historia presente: la de un compañero de reclusión que se acerca al recién encarcelado para darle algunos consejos para evitar “que lo culeen”, pero que termina convirtiéndose en su verdugo.

 

LA DECISIÓN, de Begoña Guerrero Carrión. Segunda finalista.

Hace muchos años que no hago el amor con alguien distinto a él, Teresa. No voy a saber, ya verás. Me quedaré tiesa como una estaca y empezaré a temblar como una tonta. ¿Y si me pasa lo que con Ramón, al que conocí en la consulta de Rodrigo? Mira que me lo dijiste, que fuera con cuidado, que si visitaba desde hacía quince años a un psiquiatra era por algo, y anda que te equivocaste. El pobre Ramón allí, desnudo, jadeando y con los ojos que se le salían de las cuencas y yo sin poder parar de reír a carcajada limpia. Y aquella vena que se le hinchaba más y más y aquellos ojos que miraban a través de mí, aquella mandíbula apretada y yo sin poder parar, Teresa. Al final es que me tuve merecido el mes y medio que pasé en coma. Yo creo que le voy a decir que estoy enferma. Es que imagínate que me pasa lo que con Alberto, que se me descompuso el cuerpo y no llegué ni al baño del restaurante. Me quedé allí pinchada, en medio de veinte desconocidos y sin poder hacer nada por detener lo que salía de mí, Teresa. Solo veía ojos que alternaban su cara con la mía y risas, solo se escuchaban risas. Yo creo que no voy, es que está claro que nunca volveré a hacer el amor, Teresa. Mejor lo acepto, me trago estas malditas pastillas y vuelvo con él para siempre.

La elección del personaje-narrador. El cuento no hubiera funcionado de otra manera. Éste es otro personaje, como el de Lurigancho, que crece a la vez que habla, y que hace avanzar la historia sin necesidad de recurrir a la explicación de los hechos. Porque el hecho, la verdadera historia de este cuento, no es la del pasado de la protagonista, sino la de su decisión, como adelanta el título. El personaje se encamina sin desviarse hacia el final, su final.

Las escenas elegidas como justificación de su decisión son también muy acertadas. Reflejan la imprevisibilidad del carácter de la protagonista, su incapacidad para forjar una relación, pero mantienen la incógnita sobre la razón o la causa de esta incapacidad. El único aspecto que desvirtúa ligeramente el texto viene dado por una frase en concreto: “Al final es que me tuve merecido el mes y medio que pasé en coma”. Podría haber empleado “la semana que pasé en el hospital” y el mensaje hubiera quedado claro, o no haber usado el verbo merecer, que implica un reconocimiento y una justificación del comportamiento del tal Ramón. Ese extremo hace que el lector se aleje del personaje.

Sin embargo, el final es inmejorable, a pesar de que puede necesitar una relectura para comprenderse. La decisión de tomarse las pastillas y regresar con él, la verdadera causa de su incapacidad para forjar una nueva relación, es la pérdida de su amor verdadero, único e irremplazable: la muerte de su anterior pareja.

 

SIN TÍTULO, de Anabel Rodríguez. Tercera finalista.

Marley estaba muerto; eso para empezar. El charco de sangre alrededor de su cabeza lo confirmaba. Arrodillada al lado de su cuerpo inerte intentó fingir llanto pero no pudo. Pensó en algo triste, doloroso, como cuando la humillaba diciendo que sus comidas eran las peores del mundo; la abofeteaba por cualquier nimiedad; o como cuando se corría dentro de ella, tras imponerle una sesión de sexo. Imposible, ni una lágrima.

Tenía que llorar, tenía que hacerlo para los vecinos, la policía, los enfermeros, los curiosos… A todos les extrañaría encontrar una viuda impasible, o tal vez no. Tal vez podía escudarse en el shock, eso sería perfecto. Los demás se dirían que el shock por haberlo encontrado muerto en el cuarto de baño le impedía mostrar sus sentimientos, no el odio. ¿Realmente lo odiaba? Miro su rostro fofo sin vida y se dio cuenta de que lo estaba castigando de la única forma que él no esperaría: con indiferencia. Le daba igual lo que había sucedido y eso era todo.

Se levantó, cogió el móvil y llamó a la inútil ambulancia, a la policía. Para sus adentros dio gracias al asesino y se sentó en la taza del váter, con la indiferencia disfrazada de shock, a esperar la llegada de los funcionarios, vecinos y curiosos.

Marley estaba muerto y esa era la mejor forma de empezar.

Este es el único relato en tercera persona, y eso ayuda a conseguir algunos objetivos y dificulta otros. En el lado bueno, el que el personaje sufre una evolución perfectamente visible. Desde el sentimiento del deber que la empuja a provocarse el llanto, hasta la certeza de que aquello era lo mejor que podía ocurrirle, ya totalmente liberada, pasando por la conclusión de que la indiferencia era el instrumento perfecto para comprender sus propios sentimientos y para encarar el asunto.

Hay un momento clave en el relato: cuando la protagonista mira a su marido y descubre el poder de la indiferencia, que es lo mismo que comprender que ya es libre y que puede manejar su vida.

Sin embargo, y ahora teniendo los otros textos para comparar, vemos que la facilidad con que el lector recrea el imaginario del personaje es menor, puesto que esa tercera persona lo obliga a mirarlo desde fuera. Es más fácil narrar la acción: “se levantó, cogió el móvil y llamó; se sentó en la taza del váter”, pero ¿es verdaderamente importante aquí la acción, o lo es más su monólogo interior? Quizás una primera persona le hubiera dado más dimensión al personaje, aunque la autora ha resuelto sobradamente el cuento.

 

H DOS O, de Graciela Lozano Cordero. Cuarta finalista.

Marley estaba muerto; eso para empezar.

El día no comenzaba demasiado bien. A ver como acababa.

Fue temprano, muy temprano.

Creo que en el fondo lo intuía. Ayer estuvo muy raro durante todo el día.

Cuando hoy lo vi boca arriba, sin moverse….lo supe. Se había terminado.

Todavía no se han dado cuenta. Sigue aquí.

Es muy duro. No concibo mi vida sin él.

No recuerdo estar aquí sin él.

¿Cómo será a partir de ahora mi día a día? Un sinfín de giros, de vueltas, en este mundo cíclico, en esta esfera que observa lentamente como se consume mí tiempo.

Y solo. Frío y solo.

En algún momento vendrán y se lo llevarán. No tardarán.

No tengo ganas de moverme, pero temo que también me lleven a mí.

Ya llegan. Los oigo hablar. Ya están aquí.

Cada vez que vienen el aire cambia de densidad y de olor.

Los noto.

Se lo llevan. Ya está.

Se fue.

Espera, ¿Qué es esto? ¿Qué es este ajetreo? Mi mundo se alborota. ¡Qué torbellino!.

Se acerca una carita sonriendo, me mira:

—Hola, ¿Quién  eres tú?  —le pregunto.

—Soy Nemo —responde.

¡Pues si que han sido originales esta vez!

—Bienvenido Nemo, soy Bob.

¡Vaya! Se asoma una niña. No tendrá más de 10 años y ¡¡¡con aparato dental!!.

¡Estas son las que más golpecitos dan en el cristal!

¡Como los odio! En fin…….

Vamos Nemo, toca girar sobre nosotros mismo, girar y girar…ven, te enseñaré todo esto.

 La sorpresa, que gana fuerza por la coherencia del discurso del personaje. Cuando el lector llega al final y comprende que el que está hablando es un pez, relee el cuento y no descubre ningún error en su discurso. Sin embargo, difícilmente puede averiguar esto antes ese breve diálogo en el que se presenta al pez recién llegado.

En el otro lado está la forma elegida para resolver el misterio. Nemo y la niña con el aparato dental, son claves que sólo puede interpretar alguien que haya visto la película de Buscando a Nemo. Es cierto que se trata de una película mundialmente famosa, aunque habría que ver si, por ejemplo, lectores de cincuenta para arriba tienen la misma facilidad para interpretarlas. Aunque, sobre todo, el problema puede plantearse de cara al futuro. La literatura debe ser escrita para perdurar: debe arrojar luz sobre el momento o el lugar en el que se escribe, pero no ser local. Éste es un cuento que, probablemente, dentro de treinta o cuarenta años (quizás antes), cuando nadie recuerde la película, sería indescifrable.

A cambio, desde luego, tenemos un cuento muy original y atrevido, y que pone a prueba la intuición del lector.

 

Enhorabuena a todos los participantes y, en especial, a las y los finalistas. Leer vuestros textos es motivo suficiente para seguir trabajando y, sobre todo, para hacerlo creyendo un poco más en su utilidad.

 


 

 

 

 

Anuncios
Etiquetado , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: